«Lector, tienes en tus manos un libro raro», advierte el poeta José Antonio Llera en el prólogo de PUER DELICATUS.
Salen a la luz, desde la noctámbula pluma de Ángel Borreguero, un catálogo de augustos pubescentes, que evocan su ópera prima. Sin embargo, este nuevo coro de pajizos miembros resulta más provocador que el primero.
«Un calabacín musculoso, quiero decir grande y apretado y como forzudo».
El desafío se halla en la selección de referencias literarias que utiliza para guisar sus versos. De Cercas a Vargas Llosa, de Auster a Conan Doyle, de Machado a los sacerdotes españoles Colunga y Nácar.
«“Pero, una noche, me sorprendí viéndolo acariciar y besar en la boca con mucho ímpetu a un muchachito pelirrojo, delgado como un canuto, al que estrujaba en sus brazos con furia amorosa”. Vargas Llosa».
Borreguero ha abandonado el costumbrismo para dibujar una nómina de efebos atemporales –«Una ensalada de muchachos: el de melena castaña y camiseta deportiva, el del pijama azul y mirada suavizante, junto a la chimenea»–, salvo por las escasas referencias a dulces, piscinas, fármacos, primorriveristas, licores, terrores fílmicos y dibujos animados.
Los versos de Borreguero son, como las flores de calabacín, irregulares. Algunos, abiertos. Otros, crípticos. Todos, sin embargo, son hercúleos y dorados.
«La sábana casi roja, en el cuarto aquel sin ángel, sin brillo, el slip largo, blanduras, y el pelo amarillo, y un músculo deslizante, extenso, y el olor a príncipe y a sexo».
Lector, tienes en tus manos los versos de un poeta nacido de un oxímoron.