La saragata

07 ENE

ISLAS

Per Josep Salvia Vidal
ISLAS

Siempre hay algo de magia en leer, en ese dejarse arrastrar por la cadencia de las páginas escritas, la belleza de la palabra, degustar con un paladar exquisito de ávido lector una buena historia o un puñado de versos. Cada lectura es un viaje. A veces son viajes directos, un único trayecto de ida porque nunca se regresa del todo de los libros leídos. A veces, los caminos son más tortuosos, lentos, tienen diferentes paradas, estaciones, descansos, como los rellanos de una escalera. Y eso me ocurrió a mí con «La magia del silencio» de Florian Illies. En la anterior saragata ya dije que había un antes y un después, pero el después puede resumirse en una sola frase: el viaje ha sido maravilloso. La elegancia escrita para explicar la vida y obra de Caspar David Friedrich.

 

Puedo imaginar que no fue fácil escribir ese libro, pues requiere de una profunda y profusa labor previa de documentación o casi investigación, rastrear qué fue de los cuadros del pintor alemán e incluso su propia vida. Pero Florian Illies es historiador y se nota, tiene oficio, sabe hacerlo. Ahora me espera otro libro suyo, «1913. Un año hace cien años», un recorrido desplegado como un calendario a lo largo de doce meses para describir qué hacían y cómo pensaban los protagonistas culturales de la escena europea. En este libro, por ejemplo, Marcel Proust busca el tiempo perdido mientras Igor Stravinski celebra la primavera. Ya sé que me gustará. Ya sé que será, de nuevo, un espléndido viaje.

 

Escribir nunca es fácil. Es cruzar una frontera, adentrarse en un territorio ignoto del que nada sabes. Y entonces aparece la inquietud cuando la página en blanco adquiere la magnitud de un desierto y brota el miedo, siempre latente y plausible, de perderse en él. Los peligros expuestos. La congoja y el pavor. Almudena Grandes decía «que escribir un libro es inventar una isla desierta a la que llegan (llegamos) luego los lectores como Robinsones desnudos y desarmados que somos todos los lectores cuando abrimos por primera vez un libro porque la lectura y la escritura son dos caras de la misma moneda, una isla desierta y su náufrago. Yo lo sé bien, porque fueron los propios libros quienes me abocaron a escribir libros, y si antes no hubiera vivido leyendo, nunca habría podido empezar a escribir». Almudena Grandes admiraba a Benito Pérez Galdós. Yo la admiraba (admiro) a ella.

 

Almudena creó muchas islas, sus novelas, a las que yo llegué como un náufrago, como un mascarón de proa a la deriva después de la zozobra. Ella también arribó a otras islas, colonizándolas, nadando miles de veces, porque los lectores alcanzamos las orillas de las páginas siempre a nado. Yo también he creado algunas de esas islas, más pequeñas, más frágiles, más modestas, pero algunos lectores han llegado hasta ellas y esto siempre me produce una enorme gratitud. El jueves presentaré la nueva, mi sexta novela, «Los cielos de Praga», junto a José Luis Ramos. Nos vemos en la irreductible. Nos vemos en casa.

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